Marzo 2003
N° 2 / AÑO I
  La superación de la pobreza es la principal preocupación del actual gobierno, el mundo entero comparte la necesidad de solucionar este...
  Pueblos Jóvenes de Cañete destacan obras
de “A Trabajar Rural”

A Trabajar Rural de FONCODES creó 94 mil empleos


Premian a FONCODES por luchar contra la pobreza.
La Merced.- Por combatir la extrema pobreza en comunidades nativas y colonas de la Selva Central durante el...

     
 

Informe

Historias de tres brigadistas mujeres del Programa “A Trabajar Rural” de FONCODES

TRABAJO QUE DIGNIFICA Y ENSEÑA

Cuando hablamos del Programa A Trabajar Rural que está a cargo de FONCODES por lo general hablamos de cifras. Van 94,000 empleos, van 94,001... Pero ¿nos detenemos alguna vez a pensar qué significa para ese “dígito” que acaba de incrementar nuestra estadística el conseguir un empleo que no tenía, un ingreso que aunque humilde contribuye en algo a la economía familiar?

Conversar con los brigadistas del Programa “A Trabajar Rural” nos confirma de que estamos ante uno de los programas de mayor impacto social del Gobierno del Presidente Alejandro Toledo, no sólo porque sus beneficiarios están en el segmento de la extrema pobreza, sino porque a pesar de ello los hace partícipes del desarrollo de su comunidad y les da esperanza de lograr algún día –cuando la economía se desarrolle- un trabajo más estable y duradero.

En este día especial del Día Internacional de la Mujer, presentamos testimonios de tres mujeres de nuestros tiempos, mujeres que son padre y madre de sus hogares y que hoy tienen un empleo dentro del Programa. Como ellas, hasta el momento 20 mil mujeres han tenido en algún momento un empleo gracias a “A Trabajar Rural”.

Solita lo hice

Tal como lo viene haciendo desde hace algunas semanas, Etelvira se levantó más temprano que de costumbre y es que tenía que dejar listo el desayuno y el almuerzo para su esposo que parte a la chacra, para sus hijitas que van a la escuela y para ella misma que tiene que ir a trabajar.

Esto de trabajar en un lugar distinto al de su propio hogar es nuevo para ella, como nueva también es la experiencia de integrar una cuadrilla de brigadistas del Programa “A Trabajar Rural” que puso en marcha FONCODES desde octubre de año pasado en su zona.

Usando el casco amarrillo que identifica al Programa, parte presurosa al Centro Educativo del caserío donde junto a un grupo de hombres y mujeres, trabajan en la construcción de cunetas y veredas para proteger de futuras lluvias la escuela del lugar.

Etelvira Carrasco tiene 48 años de edad, nació en Frías cerca de donde ahora vive, tiene siete hijos, de ellos aún le acompañan las 2 menores. Su esposo –señala- trabaja como jornalero en diversas chacras y gana un promedio de 360 soles mensuales.

Recuerda con cariño que ella, al igual que varios de sus vecinos, asistieron “a la asamblea comunal convocada por las autoridades de su zona en la que un promotor de FONCODES les informó en qué consiste el Programa A Trabajar Rural”.

En la asamblea se eligió a dos delegados para representar al caserío Puente Internacional y se identificaron las principales necesidades del pueblo. Finalmente se decidió hacer las obras para proteger al colegio de futuras inundaciones.

Señala que al comienzo su esposo no estaba de acuerdo con que trabajara “porque creía que no podría usar bien las herramientas y que la gente hablaría mal”.

Pero ella estaba decidida. “Cuando vino el ingeniero y nos dio la muestra de lo que teníamos que hacer yo dije entre mí, esto sí lo puedo hacer”.

Y la verdad es que Etelvira Carrasco no sólo aprendió a hacer las mezclas y colocar piedras y tablas en la base para las veredas de la escuelita, si no que sorprendió a todos, especialmente a su esposo cuando gracias a lo enseñado por el Ing. de FONCODES hizo solita su propia vereda en la puerta de su casa. “¿Qué?, me dice mi esposo, sí has aprendido. Yo le dije claro pues hice mi veredita y me ha salido bien”, dice entre risas de satisfacción.

Para Etelvira ganar su propio dinero es muy importante porque puede gastarlo según su decisión. “A mi siempre me ha gustado trabajar, tener -como dicen- de mí misma. Esto siempre les converso a mi hijas, no hay como trabajar, ya ven ahora he tenido para pagar lo que habíamos comprado de fiado en la bodega para comer, no le estoy pidiendo al esposo...No hay como trabajar y tener tu platita en tu bolsillo”.

Aquí se queda Etelvira, con el sol piurano abrigando sus sueños, su decisión para seguir trabajando por los suyos y sobre todo con el conocimiento recién adquirido que ya le permite pensar cual será la próxima vereda que construirá....ella solita.

La victoria de Victoria

Itunca es de esos pueblitos andinos que ha crecido de la mano de sus hijos a través de diversos trabajos comunitarios. En este caserío cusqueño que pertenece al distrito de Yaurisque, provincia de Paruro, la mayor parte de sus hijos son quechua-hablantes, pero también hay un importante grupo –especialmente mujeres- para quienes su mundo transcurre en quechua.

Este es el caso de Victoria Chuncho Orellana, quien sólo estudió hasta tercer grado, ya que sus abuelos que la criaron tras la muerte de su madre, pensaban que no era necesario mayor instrucción. “No he estudiado mamita, mis abuelitos pues no me han hecho estudiar. Yo sola nomás he vivido, ni siquiera a la ciudad he ido, y así no más me he quedado”, dice en quechua.

A pesar de ello, gracias a su innato sentido común y a sus deseos de ver progresar a su pueblo, ha sido presidenta del comedor popular y luego vice presidenta de la Junta Directiva Comunal, algo que no es común para una mujer. “Antes no tenía ni fuerza para hablar, me asustaba y me ponía nerviosa. Ahora un poco ya estoy reaccionando... Antes cuando íbamos a las asambleas nos decían los hombres: las mujeres qué cosa saben, los varones nomás saben hablar, pero nosotras también nos poníamos machas pues no nos van a pisar...Ellos nos dijeron entonces si tienen boca, entren pues a la directiva, por eso hemos entrado y estamos sirviendo a esta comunidad”.

Fue esta decisión que la llevó junto a su esposo a participar del Programa “A Trabajar Rural”.

Siguiendo las directivas del programa se conformó en su pueblo una brigada integrada por cuatro mujeres y diecisiete hombres que trabajarían en el mantenimiento de la única trocha de acceso a la comunidad, inhabilitada para el tránsito vehicular, lo que obligaba a los pobladores a llevar sus productos agrícolas a pie hasta la carretera.

Victoria tiene 34 años y cuatro hijos de 17, 10, 6 y 3 años, los menores le dan el encuentro en la obra cuado salen de la escuela, de este manera la familia regresa junta a la casa.

Si bien no recibió capacitación, lo que aprendió lo hizo a través de la guía del inspector técnico diseñada por los especialistas de FONCODES que es muy didáctica. Dice en tono feliz, “Queremos trabajar todos mancomunadamente, varón y mujer y aprender más cosas...He aprendido a hacer cosas cómo abrir zanjas, cómo se hace el lastreo, las cunetas, el badén...no sabíamos como hacer”.

Este aprendizaje será transmitido por Victoria a sus hijos y a otras personas de la comunidad. Muy conciente de esto sostiene, “Lo que estoy aprendiendo es para que aprendan ellos también”. De este modo se repite ese círculo maravilloso que hace que las experiencias y lo aprendido cobren su verdadero significado cuando se vuelven a enseñar.

La inclusión de ella y su esposo en el Programa tiene que ver mucho con la solidaridad de su comunidad ya que los ingresos de la familia son de aproximadamente 100 soles al mes. Una parte proviene de lo que produce su chacrita cuando hay buen tiempo, y otra de los trabajos como ayudante de albañilería que hace su esposo en la ciudad del Cusco.

La economía familiar mejora cuando venden -una vez al año- la cosecha de cebada lo que les reporta alrededor de 250 soles que emplean para comprar víveres y ropa para sus hijos.

Es para realidades como éstas que el Programa “A Trabajar Rural” tiene un importantísimo impacto social. Victoria lo expresa así, “Con este trabajito me siento contenta, más alegre y muy agradecida porque antes sólo tenía que esperar que mi esposo viaje al Cusco a trabajar para conseguir dinero, en cambio ahora yo también he podido dar dinero con mi trabajo”.

Nos enseñaron con maneras

Encontramos a Iraida Ishubiza trabajando en las obras de refacción del PRONEI del caserío de Carañayacu donde ella vive. A este lugar eminentemente agrícola sólo se llega a pie desde el distrito de Zapatero, localidad ubicada a 40 minutos de distancia de la ciudad de Tarapoto.

Una de las principales características de Carañayacu es que sus cerca de 500 habitantes pertenecen a un mismo tronco familiar.

“Hace seis meses nos llegó el Programa de FONCODES, nos inscribimos diecisiete, pero yo soy la única mujer”, dice con satisfacción. “Al comienzo tenía miedo de no aprender pero el inspector de obra y el jefe de brigada nos enseñaron a hacer la mezcla, a tarrajear, hacer pisos, cunetas y pintar. Nos enseñaron con maneras”.

Lo aprendido también le ha permitido trabajar en la refacción del puesto de salud, en la preparación de mezcla para el piso y el pintado de mesas y sillas de los niños. La vitalidad que le dan sus 26 años la ayudaron a adaptarse rápidamente al uso del pico y la lampa, luego trabajó en el mantenimiento de una carretera. “Me gustaba cavar, botar la tierra, me acostumbré rápido, lindo era el trabajo, encantada he trabajado”, dice.

Iraida es soltera, vive con sus padres y tiene seis hermanos, estudió hasta quinto de primaria en la escuelita del lugar pero no pudo seguir estudiando por falta de dinero. Desde pequeña ayudó a su mamá en las tareas de la casa y aprendió las faenas de la chacra.

Antes de integrarse al Programa “A Trabajar Rural” hacía trabajos eventuales como peón en el cultivo de maíz a cambio de un jornal diario de seis soles. “Con el dominical de FONCODES recibo setenta soles, en la chacra se gana muy poco. Ahora estoy ahorrando para tener de donde sacar cuando me enferme, también quiero comprar semillas para la chacrita de mis padres”.

Integrar la brigada de mantenimiento ha dotado a los pobladores de Carañayacu de una nueva óptica que les permite internalizar las obras encomendadas. Iraida indica, “Antes venía gente de otro lugar a pintar pero ellos hacían algo feo, mejor lo hemos hecho la gente de aquí porque sabemos que queda para nosotros”.

Aunque con diversos actores la historia es la misma, mujeres que se sienten reinvindicadas a través de la oportunidad del trabajo, capacidades internas que son puestas al servicio de su comunidad y la satisfacción de cooperar en la economía familiar a través de un salario conseguido digna y honradamente.

 

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