Informe
Historias
de tres brigadistas mujeres del Programa “A Trabajar
Rural” de FONCODES
TRABAJO QUE DIGNIFICA
Y ENSEÑA
Cuando hablamos del Programa A Trabajar Rural que está
a cargo de FONCODES por lo general hablamos de cifras. Van
94,000 empleos, van 94,001... Pero ¿nos detenemos
alguna vez a pensar qué significa para ese “dígito”
que acaba de incrementar nuestra estadística el conseguir
un empleo que no tenía, un ingreso que aunque humilde
contribuye en algo a la economía familiar?
Conversar con los brigadistas del Programa “A Trabajar
Rural” nos confirma de que estamos ante uno de los
programas de mayor impacto social del Gobierno del Presidente
Alejandro Toledo, no sólo porque sus beneficiarios
están en el segmento de la extrema pobreza, sino
porque a pesar de ello los hace partícipes del desarrollo
de su comunidad y les da esperanza de lograr algún
día –cuando la economía se desarrolle-
un trabajo más estable y duradero.
En este día especial del Día Internacional
de la Mujer, presentamos testimonios de tres mujeres de
nuestros tiempos, mujeres que son padre y madre de sus hogares
y que hoy tienen un empleo dentro del Programa. Como ellas,
hasta el momento 20 mil mujeres han tenido en algún
momento un empleo gracias a “A Trabajar Rural”.
Solita
lo hice
Tal
como lo viene haciendo desde hace algunas semanas, Etelvira
se levantó más temprano que de costumbre y
es que tenía que dejar listo el desayuno y el almuerzo
para su esposo que parte a la chacra, para sus hijitas que
van a la escuela y para ella misma que tiene que ir a trabajar.
Esto de trabajar en un lugar distinto al de su propio hogar
es nuevo para ella, como nueva también es la experiencia
de integrar una cuadrilla de brigadistas del Programa “A
Trabajar Rural” que puso en marcha FONCODES desde
octubre de año pasado en su zona.
Usando el casco amarrillo que identifica al Programa, parte
presurosa al Centro Educativo del caserío donde junto
a un grupo de hombres y mujeres, trabajan en la construcción
de cunetas y veredas para proteger de futuras lluvias la
escuela del lugar.
Etelvira Carrasco tiene 48 años de edad, nació
en Frías cerca de donde ahora vive, tiene siete hijos,
de ellos aún le acompañan las 2 menores. Su
esposo –señala- trabaja como jornalero en diversas
chacras y gana un promedio de 360 soles mensuales.
Recuerda con cariño que ella, al igual que varios
de sus vecinos, asistieron “a la asamblea comunal
convocada por las autoridades de su zona en la que un promotor
de FONCODES les informó en qué consiste el
Programa A Trabajar Rural”.
En la asamblea se eligió a dos delegados para representar
al caserío Puente Internacional y se identificaron
las principales necesidades del pueblo. Finalmente se decidió
hacer las obras para proteger al colegio de futuras inundaciones.
Señala que al comienzo su esposo no estaba de acuerdo
con que trabajara “porque creía que no podría
usar bien las herramientas y que la gente hablaría
mal”.
Pero ella estaba decidida. “Cuando vino el ingeniero
y nos dio la muestra de lo que teníamos que hacer
yo dije entre mí, esto sí lo puedo hacer”.
Y la verdad es que Etelvira Carrasco no sólo aprendió
a hacer las mezclas y colocar piedras y tablas en la base
para las veredas de la escuelita, si no que sorprendió
a todos, especialmente a su esposo cuando gracias a lo enseñado
por el Ing. de FONCODES hizo solita su propia vereda en
la puerta de su casa. “¿Qué?, me dice
mi esposo, sí has aprendido. Yo le dije claro pues
hice mi veredita y me ha salido bien”, dice entre
risas de satisfacción.
Para Etelvira ganar su propio dinero es muy importante
porque puede gastarlo según su decisión. “A
mi siempre me ha gustado trabajar, tener -como dicen- de
mí misma. Esto siempre les converso a mi hijas, no
hay como trabajar, ya ven ahora he tenido para pagar lo
que habíamos comprado de fiado en la bodega para
comer, no le estoy pidiendo al esposo...No hay como trabajar
y tener tu platita en tu bolsillo”.
Aquí se queda Etelvira, con el sol piurano abrigando
sus sueños, su decisión para seguir trabajando
por los suyos y sobre todo con el conocimiento recién
adquirido que ya le permite pensar cual será la próxima
vereda que construirá....ella solita.
La
victoria de Victoria
Itunca
es de esos pueblitos andinos que ha crecido de la mano de
sus hijos a través de diversos trabajos comunitarios.
En este caserío cusqueño que pertenece al
distrito de Yaurisque, provincia de Paruro, la mayor parte
de sus hijos son quechua-hablantes, pero también
hay un importante grupo –especialmente mujeres- para
quienes su mundo transcurre en quechua.
Este es el caso de Victoria Chuncho Orellana, quien sólo
estudió hasta tercer grado, ya que sus abuelos que
la criaron tras la muerte de su madre, pensaban que no era
necesario mayor instrucción. “No he estudiado
mamita, mis abuelitos pues no me han hecho estudiar. Yo
sola nomás he vivido, ni siquiera a la ciudad he
ido, y así no más me he quedado”, dice
en quechua.
A pesar de ello, gracias a su innato sentido común
y a sus deseos de ver progresar a su pueblo, ha sido presidenta
del comedor popular y luego vice presidenta de la Junta
Directiva Comunal, algo que no es común para una
mujer. “Antes no tenía ni fuerza para hablar,
me asustaba y me ponía nerviosa. Ahora un poco ya
estoy reaccionando... Antes cuando íbamos a las asambleas
nos decían los hombres: las mujeres qué cosa
saben, los varones nomás saben hablar, pero nosotras
también nos poníamos machas pues no nos van
a pisar...Ellos nos dijeron entonces si tienen boca, entren
pues a la directiva, por eso hemos entrado y estamos sirviendo
a esta comunidad”.
Fue esta decisión que la llevó junto a su
esposo a participar del Programa “A Trabajar Rural”.
Siguiendo las directivas del programa se conformó
en su pueblo una brigada integrada por cuatro mujeres y
diecisiete hombres que trabajarían en el mantenimiento
de la única trocha de acceso a la comunidad, inhabilitada
para el tránsito vehicular, lo que obligaba a los
pobladores a llevar sus productos agrícolas a pie
hasta la carretera.
Victoria tiene 34 años y cuatro hijos de 17, 10,
6 y 3 años, los menores le dan el encuentro en la
obra cuado salen de la escuela, de este manera la familia
regresa junta a la casa.
Si bien no recibió capacitación, lo que aprendió
lo hizo a través de la guía del inspector
técnico diseñada por los especialistas de
FONCODES que es muy didáctica. Dice en tono feliz,
“Queremos trabajar todos mancomunadamente, varón
y mujer y aprender más cosas...He aprendido a hacer
cosas cómo abrir zanjas, cómo se hace el lastreo,
las cunetas, el badén...no sabíamos como hacer”.
Este aprendizaje será transmitido por Victoria a
sus hijos y a otras personas de la comunidad. Muy conciente
de esto sostiene, “Lo que estoy aprendiendo es para
que aprendan ellos también”. De este modo se
repite ese círculo maravilloso que hace que las experiencias
y lo aprendido cobren su verdadero significado cuando se
vuelven a enseñar.
La inclusión de ella y su esposo en el Programa
tiene que ver mucho con la solidaridad de su comunidad ya
que los ingresos de la familia son de aproximadamente 100
soles al mes. Una parte proviene de lo que produce su chacrita
cuando hay buen tiempo, y otra de los trabajos como ayudante
de albañilería que hace su esposo en la ciudad
del Cusco.
La economía familiar mejora cuando venden -una vez
al año- la cosecha de cebada lo que les reporta alrededor
de 250 soles que emplean para comprar víveres y ropa
para sus hijos.
Es para realidades como éstas que el Programa “A
Trabajar Rural” tiene un importantísimo impacto
social. Victoria lo expresa así, “Con este
trabajito me siento contenta, más alegre y muy agradecida
porque antes sólo tenía que esperar que mi
esposo viaje al Cusco a trabajar para conseguir dinero,
en cambio ahora yo también he podido dar dinero con
mi trabajo”.
Nos
enseñaron con maneras
Encontramos
a Iraida Ishubiza trabajando en las obras de refacción
del PRONEI del caserío de Carañayacu donde
ella vive. A este lugar eminentemente agrícola sólo
se llega a pie desde el distrito de Zapatero, localidad
ubicada a 40 minutos de distancia de la ciudad de Tarapoto.
Una de las principales características de Carañayacu
es que sus cerca de 500 habitantes pertenecen a un mismo
tronco familiar.
“Hace seis meses nos llegó el Programa de
FONCODES, nos inscribimos diecisiete, pero yo soy la única
mujer”, dice con satisfacción. “Al comienzo
tenía miedo de no aprender pero el inspector de obra
y el jefe de brigada nos enseñaron a hacer la mezcla,
a tarrajear, hacer pisos, cunetas y pintar. Nos enseñaron
con maneras”.
Lo aprendido también le ha permitido trabajar en
la refacción del puesto de salud, en la preparación
de mezcla para el piso y el pintado de mesas y sillas de
los niños. La vitalidad que le dan sus 26 años
la ayudaron a adaptarse rápidamente al uso del pico
y la lampa, luego trabajó en el mantenimiento de
una carretera. “Me gustaba cavar, botar la tierra,
me acostumbré rápido, lindo era el trabajo,
encantada he trabajado”, dice.
Iraida es soltera, vive con sus padres y tiene seis hermanos,
estudió hasta quinto de primaria en la escuelita
del lugar pero no pudo seguir estudiando por falta de dinero.
Desde pequeña ayudó a su mamá en las
tareas de la casa y aprendió las faenas de la chacra.
Antes de integrarse al Programa “A Trabajar Rural”
hacía trabajos eventuales como peón en el
cultivo de maíz a cambio de un jornal diario de seis
soles. “Con el dominical de FONCODES recibo setenta
soles, en la chacra se gana muy poco. Ahora estoy ahorrando
para tener de donde sacar cuando me enferme, también
quiero comprar semillas para la chacrita de mis padres”.
Integrar la brigada de mantenimiento ha dotado a los pobladores
de Carañayacu de una nueva óptica que les
permite internalizar las obras encomendadas. Iraida indica,
“Antes venía gente de otro lugar a pintar pero
ellos hacían algo feo, mejor lo hemos hecho la gente
de aquí porque sabemos que queda para nosotros”.
Aunque con diversos actores la historia es la misma, mujeres
que se sienten reinvindicadas a través de la oportunidad
del trabajo, capacidades internas que son puestas al servicio
de su comunidad y la satisfacción de cooperar en
la economía familiar a través de un salario
conseguido digna y honradamente.
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