Mayo 2003
AÑO I / N°
  Para muchas comunidades pobres, ajenas al bombardeo noticioso, las encuestas de opinión, los políticos, la labor de Foncodes parece un apostolado.
 

Premian a FONCODES con el Sol de Oro Puneño – 2002.

Programa "A Trabajar Rural" invierte 836 mil en La Unión.

Encuentro de alcaldes en Huancavelica.

FONCODES construye letrinas en Esperanza De Panaillo.


     
 

Reportaje

FONCODES en la selva
NATIVOS USAN ELECTRICIDAD GENERADA CON LUZ SOLAR.

La comunidad nativa de Monteverde está muy lejos de Lima. Tan lejos que para visitarla se debe volar una hora y media en avión hasta Iquitos y manejar media hora para llegar al embarcadero fluvial de la ciudad.

Ahí empieza el viaje. En deslizador se surcan las turbias aguas del Amazonas, entre las verdes paredes formadas por la vegetación. Innumerables sonidos revelan la vitalidad de una fauna oculta y, por eso, misteriosa. Los nativos son señores del paraje. Viven cerca del Amazonas, ‘la serpiente de agua’.

Luego hay que navegar por los ríos Marañón y Tigre hasta llegar. Monteverde está a ocho horas de Iquitos. Solo tiene 28 casas levantadas sobre troncos, con techos de paja y dispuestas en forma de una gigantesca ‘U’. Es un punto perdido en la verde inmensidad selvática. Llegar parece labor de misionero y atender a sus habitantes puede ser un apostolado.

Aún no tienen agua ni desagüe. Las mujeres cocinan con leña y lavan en el río. No hay un puesto de salud y el teléfono más cercano está a horas de navegación.

Pero hace dos meses, se dio por lo menos un símbolo de progreso. Un sistema fotovoltaico financiado por FONCODES capta la luz solar y la convierte en electricidad. Desde entonces, 52 focos ahorradores rompen la profunda oscuridad de la noche selvática.

Milton el operario

Detrás del colegio está la casa de fuerza. Es el corazón del sistema de energía electrofotovoltaica de Monteverde.

Milton Urquía Mozambite pasa parte del día en ese cuartito de madera de cuatro metros cuadrados. Técnicos de FONCODES le enseñaron cómo funciona cada componente del sistema, cómo usarlos y cuidarlos para que sirvan durante años.

Milton es un personaje en su comunidad. El martes 30 de abril lo encontramos visitando la casa de Fernando Cardenal Pizarro, uno de los 26 usuarios del sistema. Se saludan con familiaridad.

Milton saca su multitester digital y pone las puntas de metal en los bornes de la batería. Tres segundos después, el número 12 aparece en la pantalla del aparato. Con la seguridad de un entendido, le sugiere cargarla el miércoles. “Cuando la batería tiene 11 voltios o menos, debe cargarse”, sentencia.

De regreso a la casa de fuerza, Milton revela que cada vecino lleva su batería para que la recarguen. Sobre el techo del cuarto de madera, doce paneles solares captan la fuerte luz solar del mediodía.

Desde los paneles bajan gruesos cables. “Los cables están conectados a una cuchilla que abre y cierra el paso de energía”, explica Milton.

Junto a la cuchilla hay una cajita negra con luces de colores. “Es el controlador de carga. Si la luz es “green” o verde, la batería está cargada. Si es “yellow” (amarillo en inglés), está a media carga, pero si prende la “red” o luz roja, la batería está descargada”, explica Milton.

Saliendo del controlador de carga, el cable se bifurca y termina en dos aros de cobre. “Esos terminales se conectan a la batería para cargarla”. Habían seis baterías cargándose.

Estudiar de noche

Milton opera el sistema con seguridad. Baja la cuchilla y corta el paso de energía antes de conectar o desconectar una batería. “Si quiero cargar una batería, ajusto las tuercas que aprietan el aro de cobre en los bornes de la batería”.

El ingeniero Carlos Pérez Chaucas, de FONCODES, asegura que el sistema genera hasta 14 voltios pero que a la batería llegan 13. “Si hay bastante sol, pueden recargarse seis baterías en 8 horas. Todas las casas tienen dos focos”, explica.

Bajo el sofocante sol de mediodía llega Miriam Urquillachica. Milton pone en sus hombros la batería recargada. Después llega Serapio Aquitori Tangoso.

Ambos viven en la fila de casas situada a la izquierda de la comunidad. Miriam pone su batería en una repisa de madera junto a su cama. Un cable sujeto a un tronco llega a un interruptor y luego a un foco que cuelga en medio de la habitación. Desde este foco, el cable llega a otro que pende sobre el marco de una puerta.

“La batería me dura cinco días usando los dos focos. Es una buena obra que han hecho por nosotros. Mis dos hijos ya pueden estudiar de noche. Los hijos deben ver algo mejor que sus padres”, asegura.

Serapio Aquira Tangoso tiene 16 años en la comunidad. “Nunca nadie vino a vernos para saber qué necesitamos. Solo este gobierno...este gobierno ha sido el único”, señala.

Frente a la casa de Serapio, está la de Fernando, el suegro de Milton. Fernando presiona el interruptor y la luz blanca ilumina el oscuro techo de su casa. El resalta los beneficios económicos. “A veces no teníamos plata para comprar el combustible de las lámparas”.

En una repisa, un mechero olvidado está cubierto de polvo.

Alejandro Reyes Otero

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