Reportaje
FONCODES
en la selva NATIVOS USAN ELECTRICIDAD GENERADA CON LUZ SOLAR.
La
comunidad nativa de Monteverde está muy lejos de
Lima. Tan lejos que para visitarla se debe volar una hora
y media en avión hasta Iquitos y manejar media hora
para llegar al embarcadero fluvial de la ciudad.
Ahí empieza el viaje. En deslizador se surcan las
turbias aguas del Amazonas, entre las verdes paredes formadas
por la vegetación. Innumerables sonidos revelan la
vitalidad de una fauna oculta y, por eso, misteriosa. Los
nativos son señores del paraje. Viven cerca del Amazonas,
‘la serpiente de agua’.
Luego hay que navegar por los ríos Marañón
y Tigre hasta llegar. Monteverde está a ocho horas
de Iquitos. Solo tiene 28 casas levantadas sobre troncos,
con techos de paja y dispuestas en forma de una gigantesca
‘U’. Es un punto perdido en la verde inmensidad
selvática. Llegar parece labor de misionero y atender
a sus habitantes puede ser un apostolado.
Aún no tienen agua ni desagüe. Las mujeres cocinan
con leña y lavan en el río. No hay un puesto
de salud y el teléfono más cercano está
a horas de navegación.
Pero hace dos meses, se dio por lo menos un símbolo
de progreso. Un sistema fotovoltaico financiado por FONCODES
capta la luz solar y la convierte en electricidad. Desde
entonces, 52 focos ahorradores rompen la profunda oscuridad
de la noche selvática.
Milton
el operario
Detrás
del colegio está la casa de fuerza. Es el corazón
del sistema de energía electrofotovoltaica de Monteverde.
Milton Urquía Mozambite pasa parte del día
en ese cuartito de madera de cuatro metros cuadrados. Técnicos
de FONCODES le enseñaron cómo funciona cada
componente del sistema, cómo usarlos y cuidarlos
para que sirvan durante años.
Milton es un personaje en su comunidad. El martes 30 de
abril lo encontramos visitando la casa de Fernando Cardenal
Pizarro, uno de los 26 usuarios del sistema. Se saludan
con familiaridad.
Milton saca su multitester digital y pone las puntas de
metal en los bornes de la batería. Tres segundos
después, el número 12 aparece en la pantalla
del aparato. Con la seguridad de un entendido, le sugiere
cargarla el miércoles. “Cuando la batería
tiene 11 voltios o menos, debe cargarse”, sentencia.
De regreso a la casa de fuerza, Milton revela que cada
vecino lleva su batería para que la recarguen. Sobre
el techo del cuarto de madera, doce paneles solares captan
la fuerte luz solar del mediodía.
Desde los paneles bajan gruesos cables. “Los cables
están conectados a una cuchilla que abre y cierra
el paso de energía”, explica Milton.
Junto a la cuchilla hay una cajita negra con luces de
colores. “Es el controlador de carga. Si la luz es
“green” o verde, la batería está
cargada. Si es “yellow” (amarillo en inglés),
está a media carga, pero si prende la “red”
o luz roja, la batería está descargada”,
explica Milton.
Saliendo del controlador de carga, el cable se bifurca
y termina en dos aros de cobre. “Esos terminales se
conectan a la batería para cargarla”. Habían
seis baterías cargándose.
Estudiar de noche
Milton
opera el sistema con seguridad. Baja la cuchilla y corta
el paso de energía antes de conectar o desconectar
una batería. “Si quiero cargar una batería,
ajusto las tuercas que aprietan el aro de cobre en los bornes
de la batería”.
El ingeniero Carlos Pérez Chaucas, de FONCODES,
asegura que el sistema genera hasta 14 voltios pero que
a la batería llegan 13. “Si hay bastante sol,
pueden recargarse seis baterías en 8 horas. Todas
las casas tienen dos focos”, explica.
Bajo el sofocante sol de mediodía llega Miriam
Urquillachica. Milton pone en sus hombros la batería
recargada. Después llega Serapio Aquitori Tangoso.
Ambos viven en la fila de casas situada a la izquierda
de la comunidad. Miriam pone su batería en una repisa
de madera junto a su cama. Un cable sujeto a un tronco llega
a un interruptor y luego a un foco que cuelga en medio de
la habitación. Desde este foco, el cable llega a
otro que pende sobre el marco de una puerta.
“La batería me dura cinco días usando
los dos focos. Es una buena obra que han hecho por nosotros.
Mis dos hijos ya pueden estudiar de noche. Los hijos deben
ver algo mejor que sus padres”, asegura.
Serapio Aquira Tangoso tiene 16 años en la comunidad.
“Nunca nadie vino a vernos para saber qué necesitamos.
Solo este gobierno...este gobierno ha sido el único”,
señala.
Frente a la casa de Serapio, está la de Fernando,
el suegro de Milton. Fernando presiona el interruptor y
la luz blanca ilumina el oscuro techo de su casa. El resalta
los beneficios económicos. “A veces no teníamos
plata para comprar el combustible de las lámparas”.
En una repisa, un mechero olvidado está cubierto
de polvo.
Alejandro Reyes Otero
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