Reportaje
| Promoviendo
negocios en la ruta al Choquequirao |
Anfitriones
de altura |
Choquequirao
es una ciudadela de piedra situada en la provincia de La
Convención, al noroeste del Cusco. Es como una joya
que se luce, soberbia y majestuosa, en su estratégica
ubicación: la cima de un cerro a tres mil 80 metros
de altura.
Choquequirao atrae a turistas que enfrentan
los obstáculos naturales y el cansancio para apreciar,
cientos de años después y por algunos minutos,
el refugio de los últimos incas que escaparon del
Cusco, después de la caída de Manco Inca,
el Inca Rebelde.
Choquequirao es un alarde de lo que los
incas, con genio e ingenio, lograron construir en inaccesibles
zonas de los andes. No fue ‘Cuna de Oro’, como
indica su nombre quechua, sino un refugio seguro.
¿Cómo atacar una ciudad
que por un lado está protegida por la profundidad
del Cañón del Apurímac y por el otro,
por una extensa pendiente?, ¿Cómo superar
la formidable defensa natural que representan tres mil 80
metros de altura? Y con guerreros cansados, ¿cómo
derrotar a los incas que la defendían?
Los peruanos todavía conocemos
poco del atractivo turístico de esta ciudadela, comparada
por muchos, por su majestuosidad, con Machu Picchu.
Para
que más turistas aprecien la magnificencia de Choquequirao
y la belleza del Cañón del Apurímac,
Foncodes está financiando un proyecto para capacitar
a los pobladores de las rutas de acceso a la ciudadela en
negocios que puedan mejorar su calidad de vida, proporcionándoles
ingresos, y, al mismo tiempo, mejorar la atención
al turista.
Se trata del proyecto “Desarrollo
de Microempresas Rurales para el Turismo Comunitario y Ecoturismo
en el Circuito Choquequirao - Cañón del Apurímac”
del consorcio formado por Swiss Contact, Form Perú
y Cedes-Apurímac. Este fue uno de los doce proyectos
ganadores del Primer Concurso Anual de Proyectos de Formación
de Capacidades Productivas para la Generación de
Ingresos convocado por Foncodes el año pasado.
Para explorar las potencialidades de la
ruta Cachora, Curahuasi y Huanipaca, técnicos de
Foncodes y de las instituciones mencionadas realizaron una
expedición por esa ruta para hablar con los pobladores
y autoridades e incentivarlos a aprovechar el proyecto.
Son 700 mil soles que se destinarán para asesorarlos
en la constitución de pequeños negocios.
“La
idea es que los pobladores de Cachora, Curahuasi y Huanipaca
formen microempresas, y atiendan a los turistas y no sean
desplazados por foráneos como en Macchu Picchu”,
afirma José Antonio Lucano, de Swiss Contact.
Hay, sin duda, escollos naturales que
vencer, como se aprecia en la crónica siguiente.
Sin embargo, las potencialidades turísticas de la
zona bien valen el esfuerzo.
Camino a Choquequirao
La
humedad, el frío y el sol amanecen en Cachora. Veinte
personas irán a Choquequirao. Rosendo Peña,
Presidente de la Asociación de Arrieros de Cachora,
verifica que acomoden la carga en 15 mulas y caballos.
Los visitantes hacen compras de último minuto.
Las tiendas son pequeñas y su oferta es reducida.
Sus productos satisfacen la demanda doméstica del
pueblo, pero no la de turistas, más variada y exigente.
La mayoría compra agua embotellada.
Saliendo de Cachora, aparece el nevado que los cachorinos
llaman Salkantay. Cuatro horas después, aparece Capuliyoc,
un mirador natural a 2 mil 700 metros de altura y a 9 kilómetros
de Cachora. Es la puerta de entrada al Cañón
del Apurímac.
Es un sitio ideal para descansar y rehidratarse. Una cima
privilegiada para sentir el aire, el sol, disfrutar la belleza
del Salkantay y la profunda garganta del Cañón.
Un negocio en potencia.
Desde Capuliyoc, la trocha desciende hasta el mirador
Cocamasana, a 4.3 kilómetros de distancia. Es un
trecho duro. La trocha limita con el cerro y con el precipicio.
El mirador, un techo de paja apoyado sobre cuatro palos,
aprovecha una saliente del cerro. Faltan bancas y basureros.
En su cabaña, Pedro Chávez vende agua, gaseosas,
galletas, cerveza sin helar y un refresco que prepara con
caña. Es la primera tienda en 17.6 kilómetros.
“Quisiera vender más cosas y tener un restaurante
pero me falta plata”. Pedro está parado sobre
su fortuna. Además de surtir a los turistas, podría
alojarlos porque su propiedad está a mitad de camino
entre Cachora y Choquequirao. Es decir, dormir y continuar
al día siguiente.
Apoyar a los pobladores
El
tramo Chikisqa – Playa Rosalina completa el descenso.
Se baja por un sendero más estrecho, sobre terreno
accidentado, con rocas sueltas y en punta. Es un tramo tan
agotador, que bajar un cerro así cansa tanto como
subirlo.
Es un tramo peligroso y faltan letreros que prevengan
al caminante. Llegando a Playa Rosalina, se cruza el río
Apurímac por un puente colgante.
En todo el trayecto no existen servicios higiénicos.
Turistas alemanes comentaron que podrían instalarse
baños construidos con materiales de la zona y con
un sistema de limpieza sencillo, parecido al de pozos sépticos.
Cruzando el río empieza el camino cuesta arriba.
Sin práctica, es imposible subirlo a pie.
Es momento para subir a las mulas y caballos.
En el grupo que va adelante está Lizvenia Peña,
cachorina de 16 años. Monta con destreza, sube y
baja cerros y levanta y recoge carpas en contados minutos.
Quiere ser guía.
“Voy a estudiar turismo porque en Cachora formaremos
una agencia. He llevado grupos a Choquequirao. La ruta es
buena y los turistas pueden ver la fauna y flora del cañón
del Apurímac. El problema es que en varias zonas
no hay pasto para los animales”.
Aproximadamente a las 5 de la tarde llegamos a Santa Rosa,
a 2 mil 100 metros. También tiene una sola casa donde
su dueño vende lo mismo que Pedro en Chiqiska. Allí
acampamos.
Al caer la noche, María Elena Huayhuaida, analista
para FORM ONG – Perú, afirma que lo ideal es
apoyar con microcréditos a quienes habitan en la
ruta porque son ellos quienes trabajan directamente con
los turistas.
Puede darse crédito a las tiendas y en Cachora
a los hospedajes. La ayuda sería oportuna porque
Guillermo Maraví opina que en Cachora no hay buenos
restaurantes ni hospedajes. Es un problema serio porque
por Cachora pasan turistas procedentes de Abancay y Cusco.
Al segundo día partimos hacia Marampata. Hay que
subir 750 metros con el cerro a un lado y el precipicio
al otro.
Mientras esquivo las plastas de mulas y caballos, Rodolfo
Chávez, un arriero de 36 años, comenta que
formarán una segunda asociación de arrieros.
“Hay trabajo para todos y estaríamos mejor
compitiendo”.
Noventa minutos después llegamos a Marampata. Es
una ladera verde y las tres casas que hay son de la misma
familia que habita en Santa Rosa. Aquí también
venden galletas, gaseosas y botellas de agua.
Marampata tiene una vista impresionante de los nevados
y del Cañón del Apurímac. Choquequirao
se nota con claridad. Está allí, a solo 230
metros de altura y dos horas de caminata. Vale la pena.
Alejandro Reyes Otero
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