Julio 2003
N° 6/ AÑO I
  En el sexto mes del año FONCODES dio un nuevo paso en su trajinar y después de ocho años anunció su intervención en zonas urbano marginales de Lima Metropolitana...
 

Foncodes, participó en X Feria Agropecuaria en Huancavelica.

Presentan lineamientos de descentralización y plan de transferencia de Foncodes y Pronaa.

Población de Maras cuenta con servicio de agua potable.

Pangoinos dejaron las velas por energía eléctrica.

Brigadistas del programa "A Trabajar Rural" de Foncodes cuentan con Seguro Integral de Salud.


     
 

Reportaje

Promoviendo negocios en la ruta al Choquequirao
Anfitriones de altura

Choquequirao es una ciudadela de piedra situada en la provincia de La Convención, al noroeste del Cusco. Es como una joya que se luce, soberbia y majestuosa, en su estratégica ubicación: la cima de un cerro a tres mil 80 metros de altura.

Choquequirao atrae a turistas que enfrentan los obstáculos naturales y el cansancio para apreciar, cientos de años después y por algunos minutos, el refugio de los últimos incas que escaparon del Cusco, después de la caída de Manco Inca, el Inca Rebelde.

Choquequirao es un alarde de lo que los incas, con genio e ingenio, lograron construir en inaccesibles zonas de los andes. No fue ‘Cuna de Oro’, como indica su nombre quechua, sino un refugio seguro.

¿Cómo atacar una ciudad que por un lado está protegida por la profundidad del Cañón del Apurímac y por el otro, por una extensa pendiente?, ¿Cómo superar la formidable defensa natural que representan tres mil 80 metros de altura? Y con guerreros cansados, ¿cómo derrotar a los incas que la defendían?

Los peruanos todavía conocemos poco del atractivo turístico de esta ciudadela, comparada por muchos, por su majestuosidad, con Machu Picchu.

Para que más turistas aprecien la magnificencia de Choquequirao y la belleza del Cañón del Apurímac, Foncodes está financiando un proyecto para capacitar a los pobladores de las rutas de acceso a la ciudadela en negocios que puedan mejorar su calidad de vida, proporcionándoles ingresos, y, al mismo tiempo, mejorar la atención al turista.

Se trata del proyecto “Desarrollo de Microempresas Rurales para el Turismo Comunitario y Ecoturismo en el Circuito Choquequirao - Cañón del Apurímac” del consorcio formado por Swiss Contact, Form Perú y Cedes-Apurímac. Este fue uno de los doce proyectos ganadores del Primer Concurso Anual de Proyectos de Formación de Capacidades Productivas para la Generación de Ingresos convocado por Foncodes el año pasado.

Para explorar las potencialidades de la ruta Cachora, Curahuasi y Huanipaca, técnicos de Foncodes y de las instituciones mencionadas realizaron una expedición por esa ruta para hablar con los pobladores y autoridades e incentivarlos a aprovechar el proyecto. Son 700 mil soles que se destinarán para asesorarlos en la constitución de pequeños negocios.

“La idea es que los pobladores de Cachora, Curahuasi y Huanipaca formen microempresas, y atiendan a los turistas y no sean desplazados por foráneos como en Macchu Picchu”, afirma José Antonio Lucano, de Swiss Contact.

Hay, sin duda, escollos naturales que vencer, como se aprecia en la crónica siguiente. Sin embargo, las potencialidades turísticas de la zona bien valen el esfuerzo.

Camino a Choquequirao

La humedad, el frío y el sol amanecen en Cachora. Veinte personas irán a Choquequirao. Rosendo Peña, Presidente de la Asociación de Arrieros de Cachora, verifica que acomoden la carga en 15 mulas y caballos.

Los visitantes hacen compras de último minuto. Las tiendas son pequeñas y su oferta es reducida. Sus productos satisfacen la demanda doméstica del pueblo, pero no la de turistas, más variada y exigente. La mayoría compra agua embotellada.

Saliendo de Cachora, aparece el nevado que los cachorinos llaman Salkantay. Cuatro horas después, aparece Capuliyoc, un mirador natural a 2 mil 700 metros de altura y a 9 kilómetros de Cachora. Es la puerta de entrada al Cañón del Apurímac.

Es un sitio ideal para descansar y rehidratarse. Una cima privilegiada para sentir el aire, el sol, disfrutar la belleza del Salkantay y la profunda garganta del Cañón. Un negocio en potencia.

Desde Capuliyoc, la trocha desciende hasta el mirador Cocamasana, a 4.3 kilómetros de distancia. Es un trecho duro. La trocha limita con el cerro y con el precipicio. El mirador, un techo de paja apoyado sobre cuatro palos, aprovecha una saliente del cerro. Faltan bancas y basureros.

En su cabaña, Pedro Chávez vende agua, gaseosas, galletas, cerveza sin helar y un refresco que prepara con caña. Es la primera tienda en 17.6 kilómetros.

“Quisiera vender más cosas y tener un restaurante pero me falta plata”. Pedro está parado sobre su fortuna. Además de surtir a los turistas, podría alojarlos porque su propiedad está a mitad de camino entre Cachora y Choquequirao. Es decir, dormir y continuar al día siguiente.

Apoyar a los pobladores

El tramo Chikisqa – Playa Rosalina completa el descenso. Se baja por un sendero más estrecho, sobre terreno accidentado, con rocas sueltas y en punta. Es un tramo tan agotador, que bajar un cerro así cansa tanto como subirlo.

Es un tramo peligroso y faltan letreros que prevengan al caminante. Llegando a Playa Rosalina, se cruza el río Apurímac por un puente colgante.

En todo el trayecto no existen servicios higiénicos. Turistas alemanes comentaron que podrían instalarse baños construidos con materiales de la zona y con un sistema de limpieza sencillo, parecido al de pozos sépticos.

Cruzando el río empieza el camino cuesta arriba. Sin práctica, es imposible subirlo a pie.

Es momento para subir a las mulas y caballos.

En el grupo que va adelante está Lizvenia Peña, cachorina de 16 años. Monta con destreza, sube y baja cerros y levanta y recoge carpas en contados minutos. Quiere ser guía.

“Voy a estudiar turismo porque en Cachora formaremos una agencia. He llevado grupos a Choquequirao. La ruta es buena y los turistas pueden ver la fauna y flora del cañón del Apurímac. El problema es que en varias zonas no hay pasto para los animales”.
Aproximadamente a las 5 de la tarde llegamos a Santa Rosa, a 2 mil 100 metros. También tiene una sola casa donde su dueño vende lo mismo que Pedro en Chiqiska. Allí acampamos.

Al caer la noche, María Elena Huayhuaida, analista para FORM ONG – Perú, afirma que lo ideal es apoyar con microcréditos a quienes habitan en la ruta porque son ellos quienes trabajan directamente con los turistas.

Puede darse crédito a las tiendas y en Cachora a los hospedajes. La ayuda sería oportuna porque Guillermo Maraví opina que en Cachora no hay buenos restaurantes ni hospedajes. Es un problema serio porque por Cachora pasan turistas procedentes de Abancay y Cusco.

Al segundo día partimos hacia Marampata. Hay que subir 750 metros con el cerro a un lado y el precipicio al otro.

Mientras esquivo las plastas de mulas y caballos, Rodolfo Chávez, un arriero de 36 años, comenta que formarán una segunda asociación de arrieros. “Hay trabajo para todos y estaríamos mejor compitiendo”.

Noventa minutos después llegamos a Marampata. Es una ladera verde y las tres casas que hay son de la misma familia que habita en Santa Rosa. Aquí también venden galletas, gaseosas y botellas de agua.

Marampata tiene una vista impresionante de los nevados y del Cañón del Apurímac. Choquequirao se nota con claridad. Está allí, a solo 230 metros de altura y dos horas de caminata. Vale la pena.

Alejandro Reyes Otero

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