| |
Reportaje
Tarucani: donde las vicuñas viven libres y seguras
"El cerco no nos beneficia ahora, será productivo con los años". Habla un hombre con cuatro décadas encima. Su rostro es una sonrisa desdentada y la piel quemada por el frío de los andes.
"Vamos a hacer chaco en un mes. Tenemos más o menos 175 vicuñas, contando a sus crías", dice imaginando ya la esquila de los bellos animales que están por ahora allá, lejos del poblado, sobre la planicie, las laderas y los cerros.
Sin embargo, un cerco de 12 kilómetros de malla impedirá que está vez se les escapen como en el "chaco" del año pasado, cuando don Roberto Castro Mamani, nuestro entrevistado, padeció, junto a sus vecinos, para coger las vicuñas y someterlas a la costumbre milenaria.
El cerco fue una idea de la comunidad de San Juan de Tarucani, cuyos pobladores consiguieron que el Consejo Nacional de Camélidos Sudamericanos (Conacs) le obsequié la malla ganadera y las grapas, los palos rollizos fue un aporte de la organización no gubernamental Ipade, y la mano de obra la puso el Programa "A Trabajar Rural" de Foncodes, que pagó los salarios de los comuneros. Las tareas empezaron en diciembre del año pasado y concluyeron en junio del 2003.
Don Roberto Castro calla y cede la palabra a Aurelio Chancolla Choque, quien recuerda que hace cuatro años construyeron el primer cerco para vicuñas, lo que costó a la comunidad 22 mil dólares, que han ido pagando de a pocos con la fibra extraída de estos gráciles animales. Aún falta un pequeño saldo por cancelar.
Esta vez, la construcción de un nuevo cerco de igual dimensión es menos oneroso como resultado de la intervención gubernamental. Ahora el área de encierro se duplicó a 2 mil hectáreas, espacio donde viven y se reproducen las vicuñas. Ello por lo demás, evita la caza furtiva y crea mejores condiciones para las faenas de esquila en la temporada del chaco, es decir, del arreo y esquila para extraer la fibra, época en que se instalan las mangas de captura.
La manga de captura es un corralón de malla de nylon para que los animales no se maltraten. Dentro de este corralón hacemos la esquila. De cada vicuña se saca entre 250 a 300 gramos de lana una vez al año. Se clasifica en A, si es del cuerpo de la vicuña y B si es de las piernas, vientre o el cuello. Cada kilo de fibra cuesta 300 dólares, y una vicuña está valorizada en mil dólares.
Aurelio está convencido que en el futuro cercano los ingresos de los comuneros mejorarán al aumentar la población de vicuñas, la producción y la calidad de la fibra. El cerco enmallado contribuirá a este propósito, pues podrán criarse hasta 300 vicuñas en este inmenso corral de tres puertas de casi 100 metros de ancho cada una. Esto permite el ingreso de más camélidos al área de encierro.
Así, la explotación racional de la fibra de vicuña no altera el hábitat en que se desenvuelven, pues dentro de él existen bofedales y lagunillas, y el ichu crece entre los cerros, el principal de ellos el Japupata. El año pasado los resultados no fueron muy halagadores. Extrajeron no más de 20 kilos que comercializaron empresas exportadoras.
Con una altura de casi 2 metros, la malla está unida con grapas a los postes de molle distantes entre sí cada 8 metros. Al respecto, el Jefe Regional del Consejo Nacional de Camélidos Sudamericanos, Marco Zúñiga, da cuenta que se emplearon 112 rollos de malla de cien metros de largo cada uno y 90 kilogramos de grapas galvanizadas valorizados en 8 mil dólares.
La malla estaba virtualmente abandonada en la zona de Pucuncho, en las alturas de Salamanca, Condesuyos y fue recuperada para este proyecto, que en medio de la desesperanza por largos años de abandono del Estado, inyecta una oportunidad para la recuperación de la Comunidad Campesina asentada en el distrito más pobre y distante de la provincia de Arequipa.
Mientras nos alejábamos dimos una última mirada a Roberto y Aurelio quienes se confundían con el hermoso paisaje natural y las siluetas de las gráciles vicuñas.
Abraham Sugimoto Oliden
Enviar esta página
a un amigo

|
|